La república de lo inefable. Conexiones medievales con la revolución del siglo XXI, 2002, KALATHOS

. 3 de enero de 2007. . Sin categoría

Lo más extraño de todo esto que estamos viviendo es lo que no hemos pensado. De pronto, al venezolano su paisano le parece un descubrimiento. De improviso, nos parece reconocernos en un imaginario fascista de uno u otro tinte. Repentinamente vemos que los pacifistas y defensores de derechos humanos hay que buscarlos con una lámpara en los confines de la nación.

De pronto no sabemos en cuál bando estamos. Si hay buenos, si hay malos o, simplemente, ¿dónde están los del medio? ¿Seré yo el traidor, Señor?

El mandato del presidente Chávez se ha visto signado por imponderables que, tampoco me pregunten por qué, parecen haber sido escritos en su libro del destino con inefable tinta. Tomaré sólo dos eventos para ilustrar esta –confieso– evasiva idea; la primera de ellas, inmotivada, caótica, hasta azarosa, se podría decir: la tragedia de Vargas en 1999; la segunda, con causas muy claras y discutidas ampliamente, la que involucra el huracán de furia colectiva que tuvo su pico en la matanza de El Silencio.

El 17 de diciembre de 1999, fecha enaltecida más de lo habitual por los valores del actual régimen, amanecimos a una patria completamente diferente, cambiada en temporalidad y espacialidad y, en el territorio de la sensibilidad, enlodada e igualada por los signos de la muerte y la destrucción. Los signos de lo inefable pueden verse como usted prefiera: es recreada la rueda de la vida que a través de la desgracia forja el porvenir, rompemos con cuarenta años de puntofijismo y debemos hacer algunos holocaustos en nombre del dios del Futuro, de la Patria Nueva. O podemos verlo como el primer día del resto de nuestras vidas, el primer día del nuevo orden para el cual el único músculo que puede salvarnos es el cerebro. Etapa novedosa… pues hace años que en nuestro país el cerebro es el órgano menos productivo frente a la economía informal y la corrupción, que se han convertido en los verdaderos propulsores del producto interno bruto.

De este modo, para los que quedamos en pie después de las tragedias venidas el 15-D-99, nos quedó la obligación de entrenar la reflexión, de meditar acerca de la manera como entendemos el mundo y las cosas, las relaciones sociales y el destino insondable. Para los caídos, los que aun hoy se encuentran como improvisados refugiados de guerra, los inesperadamente enlutados, este reto de la reflexión sería su máxima conquista, su hazaña, que no consuelo.

¿Cumplimos la tarea? Con casi criminal ligereza, no… artículos de aquellos días trataban de recurrir a las teorías del caos para explicar y “consolar”, por lo que lamentablemente no pasaron de ser ejercicios sin productos claros. Así, los ejercicios de reflexión quedaban en las mismas insensateces de los que construyeron, y continuaron construyendo, en los márgenes de una quebrada. La insensatez se prolongó en los que se creyeron capaces de ejercer alguna autoridad, como la jefatura de ingeniería, la labor de la comunicación social o la presidencia de la república, ignorando que el precepto principal de la vida coincide misteriosamente con el de la teoría del caos o El arte de la guerra de Tsun Zu: todo está interconectado, todos somos la naturaleza misma y debemos conocernos tanto a nosotros mismos como al resto de las variables que ingresan al sistema.

Para no ahondar en una de las hazañas mundiales del despilfarro y la malversación de los dineros públicos que constituye el “extravío” de los recursos destinados a la reconstrucción del estado Vargas, recordemos las declaraciones de periodistas y articulistas de opinión que agradecían que no viviéramos en México (zona sísmica) o Yugoslavia (zona de guerra). Y a este tipo de eufemismos y palmaditas en la espalda nos acostumbramos; por eso logramos vivir en condiciones infracivilizadas de pensamiento y calidad de vida y servicios.

Tres años después, hemos acumulado fechas (23-E; 4-F; 11-A) y retomado símbolos. Se han visto marchas de personas movilizadas por sentimientos extremos de patriotismo, de apartheid o de nobleza democrática. Aquellas personas que juntaron garrafas de agua, colchas y comida no perecedera para colaborar con sus compatriotas en desgracia, hoy se espetan a la cara palabras bizarras que son insultos (tú: mono retrógrado; tú: escuálido; tú: fascista). Se han dividido las sociedades y los círculos se han cuadrado; recomendaciones de armamentos de última generación son manejadas por nuestros hombres, y nociones de propaganda y resistencia civil son elaboradas y retransmitidas por nuestras mujeres.

Estos últimos ocho meses realmente han sido para mí de cruenta regresión hacia la Edad Media. Si en 1999 sabíamos que los saqueos y la situación de inseguridad en Vargas igualaban las más sombrías escenas de guerras medievales, con hordas desplazadas, hambrientas y enfermas, los años 2001 y 2002 no han sido precisamente lo que soñábamos en las odiseas de Stanley Kubrick y George Lucas.

Muchos comentaristas han despotricado de la “Revolución Chávez” por cuanto retorna a concepciones estatistas y ciudadanas del siglo XIX, pero yo quiero retrotraerme más. El fenómeno que vivimos en la actualidad, iniciado por la incontinencia verbal de un líder popular, político diletante pero eficaz animador de las masas y el espectáculo, ha encontrado un amplio espacio de reverberación en una sociedad inerme ideológicamente, que le temía a las calles y a los vecinos diferentes. Como resultado, tenemos un ambiente bastante similar al imperante hace diez siglos, cuando la Iglesia apenas imaginaba la creación de la Sagrada Inquisición. La herejía, la disidencia, se imponía frente al vasto poder y ostentación de riquezas de la corrupta institución, y logró consolar a ese “pueblo” siempre andrajoso, hambriento y analfabeta, a fuerza de decirle que el reino de los cielos, la virtud y la trascendencia sería para quienes se enorgulleciesen de ser los menos favorecidos. Los cátaros, principales defensores de esta idea, fueron exterminados a sangre y fuego en menos de doscientos años, pero sus ideas no… el consuelo de los desposeídos (y la terrible manipulación de los gobernantes) continúa focalizándose en enaltecimiento de esas carencias, que en un país tropical se igualan con la flojera y falta de preparación técnica.

Pero el maniqueísmo no va de un solo lado. Ciertamente, mil años no pasan en vano, y la herejía ha tomado el poder de las instituciones para convertirse, como es habitual, en una nueva inquisición. Los del otro lado podemos tener esa convicción de ser mejores y más decentes, podemos reírnos de la depauperación discursiva de los diputados y gobernantes; podemos deconstruir ese poder que nos oprime ahora, a la institución primera, igualando sus comentarios a eventos mediáticos tomados como gérmenes del inconsciente colectivo. Entonces vemos parlamentarias adolescentes que se dicen adoradoras del Che Guevara sin conocer las reales implicaciones de convertirse en una nueva Bernadette Devlin; sucesores de Fox Mulder en sus investigaciones sobre los medios electrónicos imaginando hipótesis y culpables sin argumento o pruebas materiales; alumnos de Mahatma Gandhi llamando a defender el proceso con armamento verbal y constitucional y luego confundidos ante los excesos antidemocráticos de sus propios compañeros de tolda… y heroínas populares metidas a la cárcel en huelga de hambre indefinida, con el cabello pintado de rubio y pretensiones de vivir junto a los llamados oligarcas del sureste, cual dama de Beverly Hills.

Nuestra variopinta Edad Media está acá, transmitida en cadena nacional o por los medios de comunicación social que se dicen democráticos e independientes. Pero en el fondo sabemos que usted y yo, lector, no tenemos un lugar en esta pugna, sabemos que estamos solos y que nuestra lucha cotidiana está siendo interferida por delirios político-ideológicos de oposición y oficialismo que nos hacen cada vez, a usted y a mí –repito–, más pobres, menos productivos, más tristes. La violencia, la intolerancia y el desdén por nuestras capacidades intelectuales y creativas nos pisaron como hormigas… y el tiempo no nos permite la tregua del consuelo. El signo de la topografía es evidente: el Ávila ya no es el mismo; Caracas, Zulia, Falcón, no son los mismos luego de la huelga nacional y el autogolpe; hubo muertos y pérdidas milmillonarias en cuatro días sin ley, y tampoco nosotros somos los mismos porque, por ínfimo que sea, un cambio es irreversible, como el tiempo, como la muerte y el dolor. ¿Avanzaremos cada uno de nosotros en nuestra propia revolución, o seguiremos el fluir inefable del tiempo contenido, en el que todo se hace circular, en el que cada hecho del presente y el futuro corresponde a un dolor, a una muerte, a una guerra del pasado?


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